El fotoperiodista de conflictos Manu Brabo comparte su manera de entender la profesión en USJ

Protagoniza un seminario organizado por el grado en Periodismo

Manu Brabo, fotoperiodista freelance en lugares de conflicto y segundo español en conseguir un premio Pulitzer además de otros premios internacionales, clausuró ayer el seminario “Fotoperiodismo en tiempos de pandemia” organizado por el grado en Periodismo de la Universidad San Jorge.

El fotógrafo hizo un repaso de su trayectoria, comenzando por cuándo y cómo surgió en él la pasión por su profesión. Explicó que la reconversión industrial en Asturias – comunidad en la que creció – y las fuertes manifestaciones permearon en la población asturiana. “Empecé a entender que la fotografía era una herramienta solidaria”, comentó. Esta percepción, unida a unos padres médicos que le inculcaron la vocación de servicio a los demás, le llevaron hasta el fotoperiodismo.

“El fotoperiodismo es un ejercicio de responsabilidad para aquellos que escuchan las historias que contamos y, sobre todo, para aquellos que son fuentes de estas historias. Nosotros no somos más que puentes que ayudan a comunicar sociedades muy distintas”, sentenció al comenzar la exposición. 

Mientras proyectaba una selección de fotografías realizadas a lo largo de su carrera, fue transmitiendo su personalidad, su manera de entender la fotografía y el fotoperiodismo, sus vivencias en los lugares de conflicto y qué pretende transmitir con sus imágenes.

“De la fotografía me interesa mucho la capacidad para proyectar nuestra imaginación”, comentó mostrando una foto tomada desde un coche que muestra otros dos vehículos acercándose y una humareda tras ellos. “Cuando miro esta fotografía vuelvo a ese momento y creo que el espectador, también. Transmite la impresión de no querer ir al lugar de donde vienen los coches y hacia el que nos dirigíamos. Te pone nervioso”, opinó.    

Brabo explicó los dobles significados que tienen algunas de sus instantáneas presentando dos fotografías cuyas dobles lecturas y metáforas visuales se encuentran en los detalles. En una de ellas, se ve a un joven sujetando tres fusiles en una posición que podría recordar a la de un guitarrista. “No es la mejor compositivamente, pero muestra una parte rebelde, histriónica y teenager, y al mismo tiempo otra parte trágica, como es el primer bigote que se percibe en el chico”, argumentó. “Al final es un niño jugando a ser adulto. Es un adolescente que, en la etapa en la que tendría que desarrollar las aptitudes que harán de él la persona del futuro, está en la guerra”, agregó.

En otra de las imágenes se pudo ver a tres jóvenes en una clase cuya pared tenía tres agujeros para disparar y se había convertido en un escenario de guerra. “Son paradojas de la fotografía. Los chavales están en edad de ir al instituto, que es donde están, pero el instituto ya no es lo que tiene que ser”, declaró.

Las fotografías le llevaron a reflexionar sobre las guerras y la finalidad de su oficio. “Alepo es uno de los grandes fracasos de la prensa y míos propios. Llevo 7 años cubriendo la misma guerra y debo estar haciéndolo fatal porque la guerra sigue. Y cada vez la gente mira menos para allí, que es lo peor”, manifestó con contundencia. En este sentido, reconoció que es “muy aventurado” decir que los fotoperiodistas van a parar la guerra con sus fotos, pero calificó de  “muy desalentador” ver que “no ha habido ningún movimiento por parte de casi ningún país occidental” para detener la guerra. “Es más, el único movimiento ha sido para parar a los refugiados de este conflicto”, añadió. “Me pone muy mal a mí como fotógrafo, pero peor a nosotros como sociedad”, sentenció.

La fotografía por la que consiguió el premio Pulitzer – una instantánea de un padre con su hijo asesinado en los brazos – le dio pie a explicar cómo capturó la imagen y qué sentimientos cruzaron por él en ese momento. El fotógrafo relató que estaba en el hospital desayunando cuando vio entrar al niño en brazos de otro hombre, seguido del padre que fue directo a la sala de emergencias. “Yo sabía que el niño no iba a vivir y sabía que el padre iba a dar una foto espectacular. Es muy frío decir esto, pero yo tengo que pensar cómo romperos el corazón. Este señor ya lo tenía roto y mi labor es haceros llegar esta emoción hasta vuestras casas para que os conmováis”, reconoció.

Manu Brabo confesó que no es una tarea fácil, sino todo lo contrario. “Es duro porque tienes que descartar emociones para no romperte. Tienes que centrarte en capturar ese momento y no morirte de dolor con ese padre. La idea es trasladar ese sufrimiento a la gente acomodada. Y para ello tienes que intentar que a ti no te afecte”, reiteró.

Ante esta explicación, surgieron preguntas entre los asistentes que plantearon cuestiones relacionadas con la consideración del sufrimiento de las personas a las que fotografía. Brabo respondió con claridad y contundencia: “Yo sí que estoy teniendo en cuenta su sufrimiento. No tenerlo en cuenta sería que no hubiera nadie allí para fotografiarle. No tenerlo en cuenta es que la sociedad siga cómodamente en su sofá pensando que el que falta al respeto a esas personas es el fotógrafo cuando los que miran para otro lado son ellos”. Igualmente, añadió que el padre – como representación de las víctimas de los conflictos – es consciente de lo que el fotógrafo está haciendo y de por qué lo hace. “Ellos entienden la fotografía como una herramienta para que eso pare”, explicó.

Más adelante, argumentó que ellos pasan tanto tiempo con los ciudadanos que estos asumen su presencia como uno más. Esta aceptación del fotógrafo por parte de los habitantes les permite capturar momentos en los que los protagonistas de las fotografías están relajados aun cuando el entorno que les rodea es espeluznante. Es el caso de la imagen de un soldado junto a un grupo de niños que no superarán los 6 años y que se encuentran al lado de mitad del cadáver de una persona. “Estos niños no van a entender la muerte como algo tan trágico como nosotros, sino que lo verán como algo normalizado. Si tu patio de recreo es el infierno, puede ser bastante normal que te conviertas en un diablo”, reflexionó.

Brabo explicó que, así como en algunos momentos tiene que dejar a un lado la empatía para hacer bien su trabajo, también se ha encontrado en situaciones en las que ha tenido que buscar esa aceptación y entendimiento. Es el caso de las fotografías que realizó a un grupo de mujeres del Estado Islámico y sus hijos.

“Yo sabía que el niño no iba a vivir y sabía que el padre iba a dar una foto espectacular. Es muy frío decir esto, pero yo tengo que pensar cómo romperos el corazón. Este señor ya lo tenía roto y mi labor es haceros llegar esta emoción hasta vuestras casas para que os conmováis”

“Es muy difícil empatizar con gente que celebra la crucifixión y que les corten la cabeza a mis amigos. Estas mujeres nos decían que iban a educar a sus hijos para hacer eso… Y entonces también aquí tienes que desprenderte de tus emociones para poder hacer tu trabajo, aunque, en este caso, las emociones no tienen nada que ver con la empatía”, contó.

En otro momento,  Brabo mostró la importancia de la iconografía en sus instantáneas, como en una que muestra las sombras de un grupo de refugiados sirios entrando en Hungría desde Serbia caminando por las vías del ferrocarril. “Me recuerda a las postales navideñas porque ellos parecen las siluetas de los reyes magos”, expuso.

Tras ser testigo durante tanto tiempo de las atrocidades cometidas por el ser humano, surgió entre los asistentes la pregunta de si esta exposición había provocado en él una pérdida de sensibilidad hacia la violencia. Brabo dejó claro que si había perdido sensibilidad no había sido hacia la guerra. “Me sigue conmoviendo esta colección de sufrimiento en forma de fotografías”, aseguró. “Lo que me empieza a conmover menos es la actitud de las personas… Me he vuelto más crítico. No entiendo que se manifiesten por tomar unas cervezas antes que por parar una guerra”, añadió.

Finalmente, el fotoperiodista aconsejó a los asistentes interesados en la fotografía “ser esponjas” y “beber de todos los sitios”, desde la pintura hasta la música y la literatura. “Siempre recomiendo ir al Museo del Prado, tener ciertos conocimientos sobre el arte clásico y su evolución. Yo no entiendo mi fotografía sin Caravaggio o Rodchenko, por ejemplo. Mi educación artística es parte fundamental de lo que yo entiendo por buena fotografía”, argumentó.

Además, apuntó qué aspectos son importantes a la hora de realizar fotografías: la composición, la luz, la acción y las expresiones de la gente que se fotografía. Aunque matizó que “en cada foto hay aspectos diferentes” y que lo importante es transmitir la verdad de lo que sucede. “Mi objetivo es que la gente que aparece en mis fotografías se vea reflejada y tratada con respeto y que la personas que las vean sienta lo mismo”, concluyó