Tokyo 2020 cuando ganamos todos

Volver al balonmano en esta nueva faceta está siendo un aprendizaje continuo
Profesor de Fisioterapia y Ciencias de la Actividad Física y del Deporte de la Universidad San Jorge

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05.11.2020

Son las 18:50 h. de un domingo cualquiera en Radès, Túnez. El vestuario aún humeante no refleja la batalla campal que se ha vivido a escasos metros de allí. Egipto acaba de destronar a la vigente campeona continental en su propio feudo. El eco de 15.000 enfervorecidas almas deja paso a un silencio denso como el vaho de las duchas.

¡Nos vamos a Tokio, Toño, nos vamos a Tokio! Hace un año que recibí la llamada de Roberto García Parrondo. Una idea clara, sencilla: Necesito que me ayudes con la preparación física y las concentraciones en las ventanas internacionales. Estoy en Egipto. Tú hablas mi idioma.

Una respuesta directa, sincera: Pásame las fechas y, si me dan permiso, cuenta conmigo. Entre estos dos momentos, un sinfín de experiencias, aprendizajes y sentimientos. “El aprendizaje es experiencia, todo lo demás es información”. Con esta reflexión, atribuida a Albert Einstein, solemos abrir la asignatura de Fisioterapia deportiva en la Universidad San Jorge. Tras un año entero de prácticas en hospitales y consultas, los alumnos de último curso regresan a la universidad para graduarse. En realidad, ya son fisios. Aunque a alguno le cueste retomar el castellano después de tantos meses en Francia, por fin hablamos el mismo idioma.

Los oficios se aprenden haciendo, y para mí, volver al balonmano en esta nueva faceta está siendo un aprendizaje continuo. Roberto es el mejor entrenador del mundo en 2019, y el ganador más joven de la Champions League. Estar a su lado me obliga a desaprender a diario y a cuestionar todo lo que creía saber de mi deporte.

Los alumnos de valoración y prescripción del ejercicio (de último curso en Ciencias del Deporte) me miran hastiados cuando repasamos contenido que ya han visto durante la carrera. El examen es con el ordenador y los apuntes delante, les recuerdo.

A menudo, la sensación de saber se torna en inseguridad al resolver. Al verte en una cultura como la egipcia, aparentemente tan distinta a la nuestra, corres el riesgo de creer que has viajado atrás en el tiempo. Sientes la tentación de “evangelizar” a tu staff con tecnologías y metodologías. Sin embargo, al otro lado del Mediterráneo, lindando con el mundo árabe, el honor y la vergüenza también conforman el sistema operativo de la moral colectiva. Las personas evitan la deshonra y buscan el estatus a los ojos de la comunidad. Observar y escuchar antes de hablar es señal de respeto. Aprender antes de enseñar tiene el poder de traducir tu mensaje a cualquier idioma.

Escuchando aprendí, por ejemplo, que nuestro líder en defensa es farmacéutico de profesión, que mi alter ego en el extremo derecho trabaja de informático incluso durante las concentraciones; o que Shawky –el fisio– ha visitado Zaragoza en varias ocasiones y posee la franquicia de Podoactiva en El Cairo.

Por supuesto, me gustaría contarles a mis alumnos que alguno de los mantras que tanto repetimos en clase ha volado hasta el norte de África, que los jugadores ahora trabajan el core como nosotros o que la retracción escapular está ganando la batalla al press de pecho. Pero toda esa información mejor la reservo para las clases, aquí quisiera narrar la historia desde otro punto de vista.

He hablado antes de experiencias y aprendizajes, pero no sería honesto si me dejase por compartir los sentimientos que se generan cuando sales de tu zona de confort. Sería tan falso como seleccionar un puñado de fotos, aplicarles un filtro y bombardearos con stories de Instagram.

No me gusta estar solo ni cuando nado. La soledad te obliga a pararte y cuestionarte, por ejemplo, si lo que haces es lo adecuado. Y no me refiero solo a profesionalmente. Me llevó demasiados años aceptar que debemos convivir con el error. De hecho, a los alumnos –y a mis hijos– les insisto en que experimenten y fallen. Que fallen pronto y fallen mejor hasta que acierten o encuentren otro camino.

Reconozco que esa inseguridad profesional es la gasolina que me enciende cada día. No saber si lo que explico llega a los alumnos, o si ese tratamiento va a ayudar a solucionar las molestias de mi paciente. Es una curiosidad compulsiva, una necesidad de retroalimentación que deja como poso un aprendizaje.

Pero el sentimiento que más me invade cuando pienso en esta aventura egipcia es el de gratitud. Principalmente hacia todos los que, con su generosidad, hacen posible esta oportunidad de crecimiento. Mis responsables y compañeros de la Universidad San Jorge, quienes me ayudan a compaginar ambas experiencias; la familia que se reequilibra durante algunos días para que todo siga funcionado bien. Y, por supuesto, hacia todos los alumnos y egresados que me muestran su cariño, sus ánimos y su admiración, en directo o a través de las redes sociales. Cuando uno cuenta con un equipo así a su lado, los pros siempre ganan a los contras y los sueños compartidos merecen ser perseguidos.

Este sueño tiene como destino los Juegos Olímpicos de Tokio, y quienes lo habéis hecho posible sois coprotagonistas. Disfrutemos juntos del camino, porque esta victoria es de todos.

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