La octava maravilla del mundo

Cuando invertimos, hemos de marcarnos unas metas claras
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Asesor Financiero
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Se dice que una vez le preguntaron al físico alemán Albert Einstein cuál era la fuerza más poderosa del universo y que este, sin dudarlo, respondió: el interés compuesto; es decir, la reinversión de los intereses. Si combinamos el interés compuesto con el ahorro o la inversión periódicos, nos encontramos ante lo que pudiéramos considerar la octava maravilla del mundo.
Para comenzar nuestro camino hacia la inversión es fundamental definir nuestra capacidad económica y crear un hábito de ahorro periódico. Es decir, calcular los ingresos y los gastos mensuales para poder determinar cuánto puedo destinar al ahorro o a la inversión. De esta forma podremos alcanzar con mayor facilidad los objetivos económicos que nos propongamos a lo largo de nuestra vida. Porque, se lo recordaba el Gato a Alicia (Alicia en el país de las maravillas), si no sabes a dónde vas, cualquier camino es bueno. Y, cuando invertimos, hemos de marcarnos unas metas claras. Lo más claras posibles.
Además, cuanto antes empecemos este camino, mayor será el impacto positivo del interés compuesto sobre nuestro patrimonio: al reinvertir los propios intereses, el potencial de nuestra rentabilidad aumenta exponencialmente, generándose un efecto acumulativo tipo bola de nieve. La diferencia entre el interés simple y el compuesto es la diferencia de lo lineal a lo exponencial, como pudo comprobar ese rey de la India, Sheram, en la famosa fábula del rey, del grano y el tablero de ajedrez.
Imagínate que puedes ahorrar 3.000 euros al año. Al cabo de 30 años tendrías 90.000 euros. Pero si en vez de ahorrar, inviertes esos 3.000 euros y también sus intereses –pongamos con una rentabilidad anualizada del 3%– el patrimonio alcanzaría los 147.008 euros. 
Y más conveniente aún, que esos 3000 euros se inviertan mes a mes: así estaríamos diversificando en el tiempo y si vamos invirtiendo en bolsa conseguimos minimizar los movimientos del mercado sobre nuestra inversión.
Así, cuando te hablen de los edificios tallados de Petra en Jordania, de los 21.200 kilómetros de la Gran Muralla china, de los 30 metros del Cristo Redentor de Río de Janeiro, del Coliseo en Roma, de la ciudad de Machu Pichu en las nubes de la Cordillera de los Andes, del mausoleo Taj Mahal o de la ciudad maya Chichén Itzá, en Yucatán, puedes preguntar a tu interlocutor, sin pudor alguno: ¿Y qué me dices de la inversión periódica?