BALANCE DE UNA ETAPA INOLVIDABLE
Con el agradecimiento sincero a San Valero
Hay fechas que no se pueden olvidar y el 16 de septiembre de 1994, es, sin duda, una de ellas. Ese día tuve mi primer contacto con San Valero, cuando acudí a una entrevista de trabajo para cubrir una vacante durante ese curso escolar. Fue entonces cuando conocí a José Ignacio Hernández, Director de FP y a Carlos Jaime, psicólogo del colegio, responsables, sin duda, del cambio de rumbo que iba a dar mi vida profesional.
A decir verdad, tras concluir mis estudios universitarios, mis aspiraciones profesionales se orientaban hacia el tejido empresarial y fue precisamente ahí donde empecé; entre planos, máquinas, materiales y el ritmo frenético de la industria. De aquella etapa aprendí el valor de la organización, el trabajo en equipo y la búsqueda constante de soluciones a los problemas que van surgiendo en el día a día, llevándome un bagaje impregnado de experiencias prácticas que ayudaron a consolidar mis conocimientos técnicos. Sin embargo, la vida me brindó la oportunidad de dar un giro profesional que marcaría mi futuro. Dejé atrás la actividad empresarial para adentrarme en el apasionante mundo de la educación. Fue un cambio importante, lleno de incertidumbres al principio, pero también de ilusión y expectativas. Pronto descubrí que enseñar no consistía únicamente en transmitir conocimientos, sino en acompañar a los jóvenes en su crecimiento personal y profesional, ayudándoles a descubrir sus capacidades y a prepararse para afrontar su futuro.
Aterrizar en San Valero fue descubrir mi verdadera vocación. Inmediatamente me di cuenta de que no hay plano de ingeniería ni proceso industrial que se compare a la chispa de comprensión en los ojos de un alumno cuando por fin entiende un concepto difícil, o al orgullo de verlos partir convertidos en profesionales.
Pero mi andadura por San Valero, no la he recorrido solo, he estado acompañado durante más de tres décadas de múltiples compañeros que ya forman parte de mi vida. En mi memoria atesoro con especial gratitud el tutelaje de Antonio Torrea durante aquel primer año pedagógico; su dilatada experiencia y profundo conocimiento de los grupos de metal resultaron providenciales para mi adaptación. Asimismo, guardo un sincero afecto hacia mis compañeros del Departamento de Ciencias: María Jesús, Jorge, María Victoria, Felipe, Agustín, Dionisio, Javier y Manuel, que me tendieron la mano cuando todo era nuevo, me orientaron, me dieron confianza y, en muchos momentos, hicieron que este camino fuera mucho más fácil.
Y, al mismo tiempo, quiero extender ese agradecimiento a todos los compañeros con los que he compartido estos años. Cada persona con la que he coincidido ha dejado una huella, ya fuera compartiendo un café, una conversación, una preocupación, una risa o un proyecto. Todos habéis contribuido, de una manera u otra, a que hoy me marche con un recuerdo lleno de gratitud.
Ahora, al acercarme a mi jubilación parcial, siento una mezcla de satisfacción, gratitud y emoción. Satisfacción por el camino recorrido; gratitud hacia todos aquellos que me han acompañado durante estos años; y emoción al recordar tantos momentos que permanecerán para siempre en mi memoria. Si algo he aprendido en este tiempo es que la enseñanza es una profesión que transforma no sólo a los alumnos y alumnas, sino también a quienes tenemos el privilegio de ejercerla.
Finalizo mi etapa en San Valero como profesor con el convencimiento de haber recibido mucho más de lo que he podido aportar y con el agradecimiento sincero a esta institución que me permitió emprender una segunda vida profesional tan enriquecedora como la que hoy concluye.