Educación para cambiar el mundo

La pobreza no es un mal inevitable en el mundo, sino el resultado de situaciones basadas en la codicia de las personas, común a la condición humana

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16.12.2016

Empiezo por afirmar que considero que la pobreza y la desigual distribución de la riqueza son unos de los problemas más angustiosos del mundo y el origen, a su vez, de la mayor parte de los conflictos que aquejan a la Humanidad. No hay todavía una teoría general que explique satisfactoriamente sus orígenes y, menos aún, que proponga remedio eficaz para su solución, quedando ésta, como todas las soluciones a los grandes problemas humanos, abierta a los distintos planteamientos político-ideológicos, cuya evolución constituye la crónica de la Humanidad y el contenido de la Historia.

Mi opinión es que la pobreza no es un mal necesario ni inevitable en el mundo, ni achacable a limitaciones naturales o técnicas, sino el resultado de situaciones sociales, económicas y políticas basadas en la codicia de las personas, común a la condición humana en cualquier época y latitud, y en la cristalización de todo ello en estructuras injustas que vienen perpetuando, a través de los siglos, la explotación de unas personas por otras, en distintos grados y modalidades, y bajo distintos supuestos teóricos.

La Historia de la Humanidad no es, en el fondo, más que la historia de la evolución de estas ideas y de las distintas sociedades que han ido conformando, en un proceso que algunos, entre las que me encuentro, piensan que permite comprender cada día con mayor claridad las raíces de las estructuras profundas y, por lo tanto, va abriendo cauces más amplios a la esperanza de liberación y redención.

Con este planteamiento general como marco de referencia último, y como causa de las causas, voy a comentar a continuación los elementos esenciales de dos grandes corrientes de pensamiento actual que intentan arrojar luz sobre el problema.

En primer lugar, la postura de quienes creen en el mercado como la base de la ley económica para asignar recursos y garantizar su distribución. Para esta concepción económica, la pobreza no es tanto un resultado de la dinámica social como de la insuficiente preparación de los individuos, cualquiera que sea la causa de esa insuficiencia. Esta concepción, al considerar casi natural la ley del mercado, no culpa tanto a éste, o a las estructuras que produce, de la existencia de la pobreza como a la insuficiencia del proceso educativo de la gente para responder al mercado. 

Según esta forma de ver las cosas, el capital humano, es decir, la preparación de las personas, es la vía más segura para erradicar la pobreza a todos los niveles, y mientras se consigue esta preparación, los poderes públicos tienen que atender directamente a las personas necesitadas, con todo tipo de ayudas, para que puedan llevar una vida digna, o lo menos indigna posible.

Esta concepción no cuestiona el orden social establecido, sino sólo las diferentes posibilidades de acceder a ese orden social, y contempla el esfuerzo de erradicación de la pobreza como un camino de formación de las personas para enseñarlas a manejarse satisfactoriamente en este orden social.

Podría decirse que ésta es, básica y esquemáticamente, la postura del pensamiento clásico occidental actual, que está en la base de la globalización y en la filosofía económica dominante del momento, fortalecida conceptualmente por la quiebra de la experiencia comunista y socialista, que planteaba un modelo alternativo, y por algunas modernas corrientes de pensamiento que se basan precisamente en la conveniencia de que el mercado extienda su dinámica a la completa actividad del ser humano en todo el despliegue de sus potencialidades

Frente a esta postura, podría situarse otra corriente de pensamiento que, sin negar un ápice a la importancia de la formación de la persona, no considera que ésta sea la única causa de la desigualdad y de la pobreza, y se inclina más a pensar que es la injusticia e irracionalidad congénita de las estructuras económicas actuales, con el mercado como expresión suprema, la causa última de las desigualdades.

El mundo económico actual no sólo se sustenta por la explotación de unas personas por otras, con todos los atenuantes bienintencionados que la sensibilidad más acusada pueda poner y de hecho pone cada día más, sino en la explotación de unos países por otros. El Primer Mundo puede vivir bien, en términos generales, porque hay un Tercer Mundo que ha sido sistemática e históricamente explotado, y es natural que, basándose en la lógica de la explotación, no valgan para el Tercer Mundo muchas de las líneas de éxito del Primero porque sencillamente no tiene ningún otro mundo al que explotar, salvo que se explote a sí mismo, es decir, que el proceso de explotación del hombre por el hombre termine por ser en muchos países del Tercer Mundo aún más acusado que en el Primer Mundo.

No se puede exportar sin más el sistema productivo de los países industrializados a los países sumidos en la pobreza porque esos países son, en gran medida, parte del sistema, parte sufridora del sistema, y todo el sistema perdería su eficacia si una de sus partes dejara de desarrollar la función que precisamente el sistema le asigna.

El problema es muy complejo y muy angustioso, y prueba de ello es que no existe en estos momentos ninguna doctrina unánime para resolverlo porque, como suele ocurrir casi siempre con los modelos teóricos, ninguno de los dos comentados posee la verdad por completo, y tampoco todos los planteamientos de cualquiera de ellos son completamente rechazables.

La preparación de las personas, es decir, la educación,  cobra en este contexto un papel primordial, sobre todo en este mundo actual, globalizado, en el que la digitalización, que las modernas tecnologías han permitido, aparece como un elemento poderosísimo de redención, al hacer posible su universalización en todas sus dimensiones. Porque la educación no solo permite mejorar las capacidades productivas en el sistema económico actual, sino que aporta al mismo tiempo mayores elementos de juicio para cuestionarlo y hacer con ello posible su propia transformación

Se impone en éste, como en todos los problemas humanos, un sincero proceso de búsqueda, de sincretismo hasta donde se pueda, de ausencia de dogmatismos y fundamentalismos y de humildad intelectual para reconocer que nadie tiene el patrimonio de la verdad, y que la solución hay que elaborarla entre todos, y que tampoco será para siempre, porque siempre habrá un nuevo pensamiento que nos invite a conquistar nuevas fronteras que puede que hoy ni se vislumbren.

El Grupo San Valero, organización a la que pertenezco, ha entendido el mensaje global de la educación como una manera de mejorar el mundo.
 

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